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El deseo y sus demonios

 

«Estoy hecho un demonio y la culpable sos vos», dice la letra de una famosa canción de Los Náufragos que hizo furor en el pop de los ‘70. La «culpable» de la canción era una joven que bailaba sensualmente, y el «demonio» que suscribe era un varón metamorfoseado por el deseo. Sería inverosímil suponer que la sensualidad de una muchacha pudiera despertar al «ángel» de su cortejante, porque el demonio se relaciona con el placer en la misma medida que el ángel lo hace con el deber. Esta relación, tan antigua como el occidente cristiano o el oriente puritano, se mantiene vigente en nuestra cultura actual. La idea del placer pecaminoso hace del deseo un concepto a reprimir, y del demonio un ente diabólico con una gran vocación por tentar mortales.

Mientras los ángeles se muestran en el imaginario social como soldados asexuados que incitan a conservar las buenas costumbres, los demonios lo hacen como bohemios libertinos, proclives al jolgorio y a los más audaces excesos. Pero esta característica libidinosa de los demonios no se aísla en las creencias oficiales. El Curupí, por ejemplo, es un demonio guaraní dotado de una gran virilidad que vuelve locas (literal) a las mujeres que lo ven. Se dice que deambula entre las provincias argentinas de Corrientes y Misiones, y se sospecha que suele devorar (metafórico) a alguna que otra de sus víctimas femeninas. Otro demonio muy entusiasta por las actividades eróticas es el pequeño Trauko, famoso ente de los bosques sureños de Chile que desflora a las jovencitas de la región.

Para Sigmund Freud los demonios son malos deseos rechazados, ramificaciones de impulsos instintivos reprimidos que en su fracaso sellan una repetición imposible. Freud estudió en detalle el caso de Cristóbal Haitzmann, un pintor bávaro del siglo XVII que hizo un pacto con el diablo, y llegó a la conclusión de que las llamadas posesiones demoníacas eran neurosis agudas. Los psicoanalistas creen que el pobre Haitzmann había hecho del demonio el sustituto del padre; y así le fue.

Algunos referentes de la psicología transpersonal, como Ken Wilber, también tienden a relacionar la mitología del demonio con la psiquis reprimida de los sujetos, un espacio inconciente que ellos denominan «sombra». De esta manera, si un practicante del celibato se ve invadido por el deseo proyectará su «sombra» a un tercero, lejos de su psiquis, para hacerlo responsable de su conflictivo instinto. Ese tercero será, generalmente, un demonio terrible o una mujer hermosa.

La asociación entre demonio y mujer no es un simple capricho. Hacia fin de la edad media, y sobre todo a partir de la inquisición y la caza de brujas, los grupos religiosos europeos instalaron —e incluso exportaron— la idea de la mujer como cómplice del demonio. Entendían que la mujer, «física y moralmente más débil que el hombre», era muy permeable a los engaños de Satanás, lo que la convertía en uno de los principales nexos entre las huestes del infierno y la sociedad.

Más allá de las múltiples interpretaciones al respecto, se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que el demonio existe. Ya sea en calurosas cavernas del infierno o en la imaginería popular, este engendro dedica buena parte de su tiempo en la elaboración de oscuras estrategias para desequilibrar incautos.

Cultiva en profundidad el arte de la seducción y es muy proclive a la risa. Promiscuo por naturaleza, posee una gran astucia para resolver los enigmas del mundo intelectual. Puede cambiar de forma y representar el deseo oculto de una dama ingenua, para luego vulnerarla.

El demonio y el deseo tienen en común su esencia amoral, y es precisamente esa esencia lo que los hace inaprensibles. La amoralidad, a diferencia de la inmoralidad, es tan visceral que no es susceptible a soborno alguno. De ahí el carácter irreductible del Marqués de Sade, el gran demonio de la literatura universal. La amoralidad de Sade reacciona frente a la inmoralidad del poder, y no hay cárcel o suplicio que lo subordine. El deseo no se puede institucionalizar, la corrupción política sí.

Contra el demonio, no hay nada que hacer.

 

Alejandro Crimi, 
Escritor Argentino
www.alejandrocrimi.com
Photo Thaís Silva.
São Paulo