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Ronroneos sensuales

La naturaleza felina de las mujeres

La elegancia miró a la Mujer y tras adorarla, 
quiso superarla. 
Lo logró al cobrar líneas y cabellos, 
ojos de cristal y convertirse en gato, el ser más bello. 
Guillermo de Aquitania
Conde y primer trovador francés. Siglo XI.

 

¿De dónde viene la asociación entre mujeres y gatos?, ¿es real o supone un simple capricho literario? ¿Es la sensualidad felina lo que tienen en común Cleopatra y Catwomen? Algunos indicios a estos interrogantes se pueden rastrear en la historia, las religiones y la etología.

Entre las múltiples asociaciones que se suelen hacer en la vida cotidiana hay una que no presenta mucha discusión y es la que relaciona a las mujeres con los felinos. 

En el juego de roles de un hogar tradicional (con el relativo aporte cultural del machismo, por cierto), la mujer presume del don de la sensualidad, mientras que el hombre lo hace del intelecto. El carácter inaprensible de la seducción se contrapone así a los rasgos pragmáticos de la lógica. Lo femenino parece definirse por lo íntimo y lo imprevisible, y lo masculino por lo público y lo obvio o esperable. En definitiva se trata de la antigua dicotomía entre las virtudes de lo irracional y lo racional.

A pesar de las fuertes tendencias actuales, donde la mujer tiene cada vez más ingerencia en el mundo profesional, económico y político, sigue teniendo vigencia en el imaginario social la afinidad femenina con los felinos. Así como el perro es «el mejor amigo del hombre», el gato se supone como el mejor cómplice de la mujer. 

Existen registros de esa afinidad desde el año 2100 a. C., en inscripciones egipcias de la XI dinastía, y se hace evidente cinco siglos más tarde con la presencia de Bastet (también conocida como Bast), diosa enigmática con cuerpo de mujer y cabeza de gato que representaba en Egipto la fertilidad, el amor y la protección del hogar. Uno de los mayores santuarios de Bastet estaba situado en la ciudad de Bubastis, actual Zagazig, en el delta del Nilo. En ese centro sagrado, se estima que todos los años concurrían más de 700.000 personas para celebrar el festival anual de Bastet o «Fiesta de la embriaguez», que consistía en una voluptuosa reunión donde los comensales manifestaban su devoción bebiendo en exceso y entregándose a los placeres de la carne. 

Otra deidad femenino-felina de la mitología egipcia es Sekhmet o Sejmet, que se representaba como una agresiva leona y se vinculaba a los avatares de la guerra. Algunas versiones sostienen que Sekhmet es la forma que adoptaba Bastet cuando se enojaba. 

El culto religioso a los gatos en el antiguo Egipto fue posteriormente asimilado por la cultura grecorromana bajo las figuras de Artemisa (Grecia) y Diana (Roma), pero el cristianismo emergente lo consideró un culto pagano y no tardó en estigmatizar a los gatos, especialmente si eran negros, con las prácticas demoníacas. Si bien en los textos cristianos antiguos no se han encontrado asociaciones concretas entre mujeres y felinos, en interpretaciones posteriores, particularmente libidófobas, se comenzó a cuestionar el carácter sensual femenino y la supuesta amistad del Diablo con los gatos. Un momento histórico crítico se produjo en la edad media, cuando la Inquisición pontificia del siglo XIII asoció la sensualidad con el demonio e inició una cacería de mujeres y gatos, bajo acusación de brujería, que duró siglos y dejó un lamentable saldo de víctimas en ambas especies.

La literatura en muchos casos también ha derivado su atención hacia la sensualidad felina. La imagen de un gato en el tejado, silencioso, observando la luna sin prisas, ha despertado las musas de numerosos poetas. Algunos de ellos alimentan la sospecha de que los felinos poseen una sensibilidad extraordinaria, y otros aseguran que guardan con recelo los inconfesables secretos de Eros. Ello explicaría numerosas exaltaciones poéticas como «Los amantes fervorosos y los sabios austeros / gustan por igual, en su madurez, / de los gatos fuertes y dulces...» (Charles Baudelaire); «El gato, / sólo el gato / apareció completo y orgulloso: / nació completamente terminado, / camina solo y sabe lo que quiere.» (Pablo Neruda); «En otro tiempo estás. Eres el dueño / de un ámbito cerrado como un sueño.» (Jorge Luis Borges); «El gato es inquietante, no es de este mundo. Tiene / el enorme prestigio de haber sido ya Dios.» (Federico García Lorca); y «Bendito el gato de mi casa / porque no hay otro Paraíso para él / ni más Eternidad / que el sitio al sol donde ahora duerme. / De modo que mi casa a salvo está /mientras él sueñe.» (Eliseo Diego).

Diversos estudiosos de la etología sostienen que la alianza fémina-gato se debe a un parentesco de lenguajes corporales. El andar ondulante, la mirada misteriosa o el gesto sugerente son elementos comunes en mujeres y gatos, y se vinculan directamente a rasgos sensuales. Una mujer «felina» es un organismo naturalmente predispuesto al placer; no es precisamente un ama de casa dominada por su esposo, es en todo caso el infierno tan temido (y deseado) de los machistas, ese espacio donde el varón se ve vulnerado por la seducción. 

Quizás lo más inquietante de la sensualidad radique en su carácter amoral. Lo sensual no puede ser moral, ya que la voluptuosidad de los sentidos no puede someterse a ninguna norma o convención social. Pero tampoco es inmoral, como creen algunos teóricos religiosos, porque no se opone a la moral, simplemente prescinde de ella. Tanto la sensualidad como el deseo viven en el universo de la subjetividad, y no tienen un sentido ético como lo pueden tener la filosofía o la teología. 

Queda claro que los arquetipos femeninos se relacionan íntimamente con los felinos, especialmente cuando la referencia es erótica. En la jerga popular de Argentina, por ejemplo, se le dice «gato» a la prostituta. 

Los arquetipos masculinos, en cambio, se proyectan más hacia la figura del perro, acentuando los beneficios de la obediencia, la fidelidad, la territorialidad y la fuerza.

Es impensable adiestrar gatos policías para buscar drogas en las aduanas, o para amedrentar a hinchas de fútbol violentos. Los gatos tampoco sirven para evitar robos en casas, ni para traer las pantuflas de su dueño o el periódico matinal. Domesticar algunos impulsos felinos es tan ingenuo como simplificar determinadas emociones femeninas. Los perros pueden ser guardianes, detectives, rastreadores, o cazadores de zorros, patos o jabalíes. Los gatos en cambio solo pueden ser gatos. 

Con tantas representaciones opuestas, ¿cómo se logra armonía en un hogar, donde conviven mujeres, hombres, gatos y perros? Los taoístas encuentran la respuesta en la dualidad creativa del yin y el yang, los físicos cuánticos en el caos funcional, los religiosos en los milagros y los escépticos en la crisis. Pero hay ciertas miradas femeninas/felinas que trasgreden cualquier teoría y reivindican el misterio de la sensualidad.

Una de las características que más distingue a los gatos es su habilidad para cazar. Como cazadores solitarios, los gatos han desarrollado una gran sutileza en sus movimientos que, sumados a su astucia y velocidad, los convierte en expertos predatores. A diferencia de los cazadores en grupo, como los lobos, que necesitan fuerza y resistencia para emboscar o cansar a sus víctimas, los gatos parecen «seducir» a sus presas hasta el momento de la sorpresa final. Esa seducción hipnótica cargada de adrenalina y misterio muchas veces se ha relacionado con la sensualidad femenina. Por ello una «mujer fatal» suele ser vista como una predatora sexual o amorosa, frente a la cual sus presas (personas seducidas) tienen muy pocas posibilidades de escape. «Relájate y goza» dice la sabiduría popular.

 

Alejandro Crimi,
Escritor Argentino
www.alejandrocrimi.com